jueves, 13 de agosto de 2009

Nunca he usado la cámara estenopeica con el propósito de lograr una obra de arte: Carlos Jurado



El artista plástico Carlos Jurado Delmar presentó hoy, en la Galería Universitaria de la Unicach, su libro “El arte de la aprehensión de las imágenes y el unicornio”

Por Gabriela G. Barrios García/ Leticia Bárcenas González
Fotos: Édgar Hernández Ramírez

PERFIL
Lugar de nacimiento: San Cristóbal de Las Casas, Chiapas
Fecha de nacimiento: 3 de noviembre de 1927
Número de hermanos: Una de padre y madre y dos medios hermanos, ya todos muertos.
Estado civil: Casado
Número de hijos: Cinco
Número de nietos: Siete, aproximadamente. Risas.
Número de bisnietos: Dos, un varoncito y una mujercita, pero de nietas diferentes.
Estudios: Primaria, prevocacional y pintura
Pasatiempos: Trabajar, pintar.
Película: Son muchas, no tengo una sola. Me gusta el cine alemán.
Comida preferida: Lo que más me gusta es la sopa de fideo y cuando reencuentro los tamales de mole chiapanecos, me encantan.
Rituales: No tengo. Soy, en todos los sentidos, libre pensador.

El artista plástico Carlos Jurado Delmar regresa a Chiapas, su tierra natal, para presentar la tercera edición del libro El arte de la aprehensión de las Imágenes y el Unicornio, obra de culto que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) editó por primera vez hace 30 años, “el historiador y critico de arte José Antonio Rodríguez, dice que es el libro más fotocopiado de México. Yo no tengo el libro original porque los que tuve en mis manos, creyendo que me iban a dar más, los regalé.”

En este libro, el pintor de profesión y fotógrafo por curiosidad, escribe sobre la forma de obtener fotografías a través de una cámara de cartón, con la ayuda imprescindible de un cono llamado unicornio. “Es tan simple, cualquier objeto que pueda aislarse de la luz, como una caja de zapatos, es una buena cámara.”

Sonríe y sus ojos azules se iluminan al recordar cómo inició esta etapa de su trabajo artístico “Empecé a hacer ese tipo de fotografías por casualidad; tengo una hija, que en los años setentas era muy pequeña y estudiaba en una escuela activa, un día llegó diciéndome que le habían dejado como objetivo de investigación descubrir cómo se transmite y se proyecta la luz en una caja oscura, entonces hicimos una cajita para probar, es una cosa muy antigua, por curiosidad le pusimos una película fotográfica, yo tenía un antecedente mas o menos primitivo de cómo se revelaba con la película, lo hicimos, me gustó el resultado, así empecé a hacer esto. Eso fue lo que me inició, la curiosidad infantil de mi hija.”.

Al igual que los niños, Carlos Jurado experimenta, crea, hace magia. “Aparentemente es sencillo pero hay una serie de factores que intervienen, hay leyes físicas muy estrictas. En la cámara tradicional, como dice mi hija: la de verdad, el fotógrafo es el que manipula la cámara, sabe exactamente que es lo que quiere, lo que toma, porque tiene un visor que le permite encuadrar exactamente el ángulo que él desee, en la cámara estenopeica es al revés, el estenopo (pequeña perforación que sustituye al lente, por el cual penetra la imagen) lo maneja a uno porque no se sabe exactamente qué va a ver, puede tener una aproximación pero no hay una exactitud. Este tipo de trabajo le permite a uno tener un índice interesante de búsqueda, de experimentación y de resultados creativos porque por razones físicas el estenopo le da ángulos y atmósferas que no son comunes. Hay algo un poco misterioso en las imágenes estenopeicas.”

MAGIA Y ALQUIMIA
Este aprendiz de alquimista, como se considera, cree en la magia y en los unicornios. “¡Por supuesto que creo en los unicornios! Lo malo es que mucha gente no los quiere ver y los tiene enfrente.” Sin embargo, dice tenerle respeto a la tecnología y no sentir curiosidad por usar una cámara digital “admiro la tecnología, creo que es inherente al momento que estamos viviendo. Tengo amigos que dejaron la fotografía analógica y me preguntan ¿todavía usas charolitas? Les digo: todavía, todavía.” Reímos y en seguida él agrega que tampoco necesita un teléfono celular. “La gente está abusando del celular y está perdiendo libertad, todo mundo sabe donde están, y que están haciendo. No quiero usar un celular en mi vida. También tengo una computadora pero está ya muy vieja, la uso solamente porque no me queda más remedio, para recibir y enviar mensajes, estoy obligado a hacerlo.”

Considera que en el proceso creativo lo más importante es la disciplina, el tesón y la constancia. “El proceso creativo es muy exigente, en la pintura es más evidente porque en ella se requieren factores que en la fotografía no existen de manera tan precisa. La fotografía parte de algo que ya existe, un objeto que puede manejar de diferentes maneras y quién sabe cómo vaya a salir, pero la pintura surge de cero, de algo blanco, de la nada.” Al respecto hace hincapié en que él no trabaja con temas específicos, va buscando lo que le interesa, sin tener un objetivo preciso o un tema específico al cual esté recurriendo. “Nunca he usado la cámara estenopeica con el propósito de lograr una obra de arte, salen a veces pero no porque sea la intención que yo tengo.”.

“He hecho experimentaciones de muchas técnicas, infinitas experimentaciones y para probar que me salen o no voy a donde está más cerca el motivo; subo a la azotea, coloco objetos, fotografío, bajo, hago el experimento, veo qué pasa, pero no lo hago con la intención de lograr algo artístico.”

Habla con pasión y sus manos parecen hablar con él. “Cuando empecé a hacer las cámaras estenopeicas, de manera caprichosa me di a la tarea de tratar de demostrar que cualquier cosa se puede hacer con ellas, hasta cine. Me dijeron que eso no era posible, entonces hice una cámara para hacer películas. Hice una filmación como de cien pies de película con tres temas. Esa vez lo que tenía más cerca era mi mujer y la azotea de la casa, le dije ‘hazte un streeptease, ¿no?’ ¡Quedó muy simpático! También hice un mercado y me fui a la calle a tomar lo que pasaba, fue muy interesante porque aparecía un camión y desaparecía, aparecía otro y desaparecía. De broma titulé al cortito Cine antes del cine.”

Carlos Jurado es fundador de la primera escuela de fotografía en Veracruz y considera que su mirada como fotógrafo y como pintor son diferentes aunque ambas provengan de él, por eso no existe ninguna relación entre su trabajo fotográfico y plástico.

“No soy fotógrafo realmente en la acepción tradicional, utilizo este medio como una extensión de mi trabajo artístico, es una forma de comunicar, si alguna persona le dice algo de lo que he hecho, siento que he cumplido mi objetivo, aunque sea una sola persona, eso me gusta y me hace sentir bien, como que no perdí mi tiempo”.


Nos comparte una de sus innumerables anécdotas, tantas como el número de cajas que ha construido en ese ejercicio: “en una ocasión hice con un tubo largo una cámara telefoto, le puse una especie de visor y salí a la calle, en la estación del metro Chapultepec, un policía pensó que era un arma y me quiso llevar a la cárcel y entonces le dije es de cartón, tuve que abrirla y sacar la película."



EL TERRUÑO
Merecedor del Premio Chiapas, la Universidad Veracruzana le otorgó el Doctorado Honorario y el Instituto Nacional de Antropología el Reconocimiento al mérito fotográfico y la medalla INAH, sin embargo, con voz serena dice no creer merecer muchas de las cosas que le han ocurrido “y no se lo digo para que me diga, sí, sí. Lo siento de verdad. A veces me avergüenza que me den un mérito que no siento tener.” Pintor de gran trayectoria, en los años cincuenta, Carlos Jurado pintó su primer mural en San Cristóbal de Las Casas, en la Escuela de Derecho, ahora Facultad, después de unos años le pidieron otros, los cuáles son el resultado de su año sabático en la Universidad de Veracruz, “el que pinté en los años cincuenta está impecable y de los más recientes hay unos que ya están un poco deteriorados, por lo que volveré para restaurarlos, estoy contento por eso y un poco confundido; aproveché este viaje para darme una vuelta y ver cómo estaban las cosas por allá en el terruño. Chiapas es un lugar entrañable para mí”.

Cuando le preguntamos sobre cómo ve a su entidad cada vez que regresa comentó después de un profundo suspiro: “Hay muchos cambios que no me gustan, por ejemplo en San Cristóbal creo que los cambios que han ocurrido son negativos, pero es una ciudad tan magnifica que de todos modos resiste cualquier cosa, siento que ha sido muy dañada urbanísticamente, no han sabido conservarla como debería de ser, se ha extendido en extremo.

“Hay barrios ya muy feos por todos lados y no era así. Claro uno no puede esperar que las cosas queden petrificadas, somos ya muchos y vamos depredando lo que encontramos, no estamos acostumbrados a construir sino somos
depredadores por naturaleza pero independientemente de todo eso San Cristóbal es una ciudad muy hermosa todavía, tiene algo de misterio.

“Tuxtla se ha modernizado, es una gran ciudad ahora. Recuerdo que hace muchos años cuando trabajé en el Instituto Nacional Indigenista, acá (en Tuxtla) había un centro coordinador, trabajamos varias personas, entre ellas Rosario Castellanos; recuerdo que a veces veníamos a distraernos y la distracción era venir a tomar tascalate y era chiquito, ahora hasta miedo da.”.

EL COMPROMISO
Este hombre que lleva consigo el mar en el nombre, en sus ojos y en sus recuerdos más entrañables, nos comparte que le entusiasman muchas cosas, entre ellas ver a sus hijos, nietos y bisnietos; le asombran los niños, le gusta la gente y especialmente las muchachas bonitas, aclara: “nada más por estética”.

La gente cree que alguien que crea algo tiene objetivos específicos, un plan, él dice no tenerlos, lo que sí tiene muy cierto es su compromiso consigo mismo. “Tengo una forma de expresión en mi vida, soy una persona que ha sido de izquierda y he hecho compromisos muy fuertes ante ese concepto pero nunca en mi trabajo plástico lo he reflejado, he separado, un trabajo plástico puede volverse panfleto
y a nadie le sirve el panfleto, para mi punto de vista me sirve más la actitud humana que un panfleto.”.

Convincente nos comenta que le produce asombro que “los mexicanos aguantemos tanto, tanta injusticia y no hagamos nada” y afirma que ya es muy viejo para tener miedo “ya no le temo ni al coco”. Ríe y con esa imagen en nuestra mente nos despedimos de él.



EN CORTO
Caja: Mi cámara fotográfica

Unicornio: Caballo al que es posible ponerle un cuerno de cartón

Papel: De China

Luz: Metal

Cartón: Corriente

Agujero: Negro

Misterio: Mujer

Tiempo: Universo, espacio.

Estenopo: Chiquitito

Gelatina: La que recubre la placa fotográfica

Pincel: Color

Mural: Espacio

*Entrevista publicada en el diario El Heraldo de Chiapas, 13 agosto 2009.










Audio de la presentación del libro,

sábado, 8 de agosto de 2009

A la lavadora, ¡un monumento, por favor!



Mi jornada laboral en la oficina ha terminado. Llego a casa buscando algo de comer y, una vez saciada mi hambre, lo único que deseo es recostarme en el sillón y entregarme a los brazos de Morfeo, sin embargo, algo en mi inconciente me dice que debo subir a la azotea, en este momento veo a nuestro gato, le gusta ver la ciudad desde ahí o tomarse una siesta sobre la pequeña barda que la rodea. Quisiera hacer lo mismo.

Un ¿Mamá también subo mi uniforme de hoy? me vuelve a la realidad; es hora de lavar la ropa. Veo mi lavadora y pienso en lo afortunada que soy porque aunque hay ropa que forzosamente tengo que tallar a mano (calzones, calcetines o las camisas de los uniformes y una que otra prenda delicada o con una mancha difícil) la lavadora me facilita el trabajo.

Meto las prendas blancas, programo el ciclo de lavado, agrego el detergente y bajo a lavar los trastes, mientras, imagino a las mujeres del siglo XVI, las que no tenían servidumbre por supuesto, lavando sus pesados ajuares con agua caliente y jabón, golpeándolos con palas de madera para quitar la mugre. La mente me envía imágenes de grandes tinajas de madera humeantes y mujeres sudorosas, quizás he visto muchas películas o ¿habré sido en otra vida una lavandera?, eso justificaría mi eterno dolor de espalda.

Ahora, subo de nuevo a la azotea y aparto la ropa de color en oscura y colores diversos. Encuentro un lápiz en el bolsillo de un pantalón escolar que me hace recordar al alemán Jacob Schäffern, que además de profesor, religioso y micólogo, fue un gran inventor ya que, según leí, en 1767 construyó el primer prototipo de lavadora, pero como suele pasar a menudo, un gandalla gringo llamado Nathaniel Briggs consiguió la primera patente en los Estados Unidos, claro, 29 años después.

A mi lavadora, que es blanca, la llamo "güera", con cariño, porque no sólo es mi aliada sino una extensión de mis manos cuando del ropaje se trata. Mientras ella se hace cargo de la ropa oscura, tiendo la blanca.

Lo que me parece curioso es que se considera como su inventor al ingeniero norteamericano Alva Fisher, ¡a este hombre sí que lo haría parte del monumento a la lavadora!, ya que desarrolló la primera eléctrica y completamente automática, tan parecida a mi querida güera. Según www.wikipedia.org fue en el año 1901 cuando la inventó aunque la patentó hasta 1910, precisamente el año en que México se convulsionaba bajo una revolución en la que las mujeres no sólo seguían a sus hombres arriesgando la vida sino que les resolvían su precaria vida doméstica, ¿cómo?, pues guisando para ellos y lavando sus ropajes en los ríos que encontraban a su paso. Ya imagino a la Adelita medio encuerada a la orilla de un río lavando los pantalones, calzones y camisas olorosos a sudor, polvo y pólvora de su sargento. ¿Qué hubiera sido de esas valientes y enamoradas mujeres, si hubieran conocido la lavadora?

Ahora es el turno del resto de la ropa. Ni modo güera, a seguir trabajando. Veo girar el tambor y pienso que así es la vida, un remolino de vivencias, de las cuales sólo debemos dejar lo mejor, lo positivo. La risa de mis hijos me recuerda que por su seguridad debo cerrar la tapa.

Ese fue el motivo precisamente, la seguridad, por el que el mister Fisher, le acondicionó a su invento una puerta conocida como ojo de buey, por la forma -no piense que era dedicatoria-, que impedía el agua salpicara fuera del tambor evitando así un cortocircuito.

He tendido la ropa oscura, bajo a revisar tareas escolares en lo que termina el ciclo de lavado. Por cierto, no crea que después de la Revolución ya todas las mujeres mexicanas adquirieron una lavadora. Tuvieron que pasar como tres décadas para que algunas de ellas pudieran hacerlo. Primero necesitaban electricidad en su casa y después el dinero suficiente para comprarla. A mí me la obsequiaron y desde la primera lavada la amé.

Hace poco he enseñado a mi hijo mayor a usar la lavadora, es hora de que aprenda para ser más independiente. He pensado en ahorrar para comprarme (se aceptan donaciones) una lavadora “Tu turno”, espero que pronto la traigan de España que es donde ha nacido. Dicen, porque ni a la güera ni a mí nos consta, que esta maravilla no deja que la misma persona la use dos veces seguidas, ya que reza la publicidad: su sistema computarizado reconoce la huella dactilar del usuario para ponerla en marcha. Así que si los demás miembros de la familia quieren su ropita limpia tendrán que hacer un turno, lo que le dará tiempo libre a las mujeres. ¿Para qué? Quizá para que hagan la escaleta de su próxima novela o pongan al día la contabilidad de su empresa o simplemente para ver jugar a sus hijos.

Subiré a tender la última carga. Pienso que nunca mejor, como en este caso, ha estado empleada la palabra carga. El diccionario define que carga es una cosa que hace peso sobre otra. En mi caso, y en el de muchas otras mujeres, algunas labores domésticas hacen peso sobre nuestro estado emocional.

Debo confesar que considero una perdida de tiempo lavar y cocinar. Por eso sugiero un monumento a la lavadora y espero que algún día inventen una estufa que guise sola. Así tendré más tiempo para leer, escribir, borrar de mi inconciente estereotipos absurdos o simplemente soñar con un mundo mejor.

Leticia Bárcenas González

viernes, 17 de julio de 2009

Cuestión de destino



El tarot y la astrología me avisaron de tu llegada.

"Amor intenso con una persona del signo de escorpión. Es una relación kármica, de otras vidas, un regalo, una es­pecie de premio." Y yo quise creerlo.

Porque, además, no podía ser de otra manera. Me en­contraba en el instante justo. Ya había aprendido a ser feliz sola. Ya sabía, desde los huesos hasta el alma, que el amor, entre más lo esperas menos se aparece. Que el gozo por la vida debe nacer de una, no porque el otro existe.

Iba a amarte como si fuera nueva. Por eso comencé a prepararme. Estaba decidida a no repetir vicios antiguos. Revisé mis relaciones anteriores. Lo aprendido en cada una. Los años de trabajo interno para deshacerme de los celos, de la posesividad.

Se cumplirá, me dije. Vendrías porque eras real, no co­mo aquellos hombres inventados en mis sueños, o en la re­alidad, porque durante siglos me la pasé equivocándome, o quizás confundiéndote, pidiéndole peras a los olmos que se cruzaban por mi vida.

Sonreía a solas. Me miraba en el espejo y era otra, con otros ojos, de cristales de azúcar, con brillos de zafiro. Si mal no recuerdo, hasta llegue a ruborizarme de solo imagi­narnos. Mis calles, mis parques, mis balcones, mi persona entera, llena de serpentinas y confetis a causa de tu proxi­midad. Y no era sólo cosa de piel. Era sentirte en una se­gunda envoltura, más abajito de la que se ve y se toca.

Cuando él me vea, pensaba, seguro que me reconoce. Y así fue, solo que yo no lo supe hasta después.

Confieso que alguna tarde, de esas en las que aunque no quieras acabas poniéndote melancólica, me atreví a pre­guntarme quién eras, en dónde estarías en ese momento, si también te habrían anunciado nuestro encuentro. El aire me olía a ti. La certeza de tu existencia era como un arru­llo. Me crecía un ansia por estar ya entre tus brazos, un cosquilleo interno deseoso de caricias y besos. Entonces, ¡qué niña!, corría al puesto de dulces más próximo a com­prarme un Tín Larín. Hace años que prefiero el cálido be­so de un chocolate a los besos vacíos de los desconocidos.

Eso sí, nunca me atreví a inventarte. E hice bien. No te pareces a nada que mi mente hubiera podido forjar. ¡Y eso que la imaginación me sobra!, especialmente en el amor.

Otras veces, pocas, dudé. ¿Y si el tarot se equivoca? Que­da la astrología, saltaba mi parte sana. ¿Y si ambos? Tam­bién está tu intuición, insistía mi ángel de la guarda. ¿En el amor?, brincaba mi neurosis. En el amor, ese tipo de señales se diluyen, se pierden en la irracionalidad del sentimiento, hay una metamorfosis, lo que se percibe cambia.

Y es que nunca me conformé con esos amores a medias que durante años me obstiné en vivir. ¿Acaso no existía otra manera, sin que intentaran robarme la voluntad, sin que me saquearan el alma para alimentarse ellos? No, el amor no podía ser solamente eso, plano, aburrido una vez pasada la pasión inicial, cuando la hay. Algo tan íntimo co­mo el amor te debe conducir a regiones profundas de ti misma, a planos elevados del espíritu y no sólo a la cama y al cine los domingos. Llegué a pensar que mi problema era que esperaba demasiado, que pedir lo que yo pedía era tentar a Dios. Mis periodos sin una relación amorosa se hi­cieron cada vez más prolongados. Dejé de esperar una pa­reja, al menos así como la espera la mayoría de las mujeres. El amor se me desviaba entonces a los libros, a la noche, a los crisantemos.

Pero no, nada de lo que yo hubiera podido imaginar se hubiera acercado a lo que tú eres. Alguien dijo –creo que fue una actriz mexicana– que debemos estar siempre listos para el amor, venga de donde venga. Ahora le doy la ra­zón.

Tampoco sé cuánto tardaste. No contaba los días. Fue una espera sin sobresaltos, con certeza, y tan dulce que hu­biera podido prolongarla. Estaba consciente de que nues­tro encuentro no iba a ser tipo Amor sin barreras o Casablanca, pero ¡por supuesto que habría una señal! ¿Cuál sería? ¿Cuál?

Y pensar que cuando te apareciste no te reconocí. Ese domingo de diciembre en el teatro, cuando te acercaste a preguntarme si esa era la fila para comprar los boletos o para entrar, y te paraste detrás, insisto, no supe que eras tú. Sólo pensé: ¡Qué ojos más transparentes! ¡Y que intensos! Empezamos a conversar. Las palabras nos llegaban como racimos de uvas maduras. Éramos dos seres, hasta este ins­tante desconocidos, hablando un lenguaje común.

“Es que si escribes poesía tienes que leer a Bachelard. Te voy a prestar La poética de la ensoñación. Ni lo busques: está agotado./¿Deveras platicas con los árboles? Creí que yo era la única./Un libro con ilustraciones en color de las pintu­ras de Egon Schiele. Lo traje de París./¿Crees en la reen­carnación?/¿También te gustan los pércimos?”

El azoro se me desbordaba. Hummm, qué hallazgo, en este mundo tan materialista. Pero ni entonces me di cuen­ta. Bueno, ni cuando dijiste que eras escorpión. Menos mal que el destino es el destino y permanece, aunque en oca­siones nos demoremos en identificarlo.

Nuestra primera cita fue en tu departamento. Esa tarde escuché música venida de pueblos lejanos, probé un licor con gusto a moras salvajes y me dejé cautivar por las pala­bras que saltaban de tus manos convertidas en historias mil, incluyendo la tuya.

A las tres semanas de llamarnos todos los días por teléfono y vernos de vez en cuando, me revelaste tu amor por el otoño y los ratos en silencio. "Cuando estoy contigo, en cambio, me gusta el sonido de tu voz", dijiste mirando a la ventana para que yo no pudiera descubrir nada en tus ojos. A mí la sangre se me regó por el rostro. Pero ni así.

Por fin una noche, al despedirnos, nuestros ojos se en­contraron. Nos dimos un beso en la boca, y luego otro y otro, hasta que los cuerpos empezaron a vibrar y tú me em­pujaste hacia la puerta. Fue en el camino a mi casa y, más tarde, entre mis cobijas, que entendí quién eras. Entonces preferí no pensar más en ello.

“Hoy ni creas que voy a dejarte ir”, murmuraste la si­guiente vez que nos vimos, mientras me rociabas de besos la cara y tus manos iban de mis mejillas a mi espalda y de regreso.
Yo temblé encerrada en tu abrazo. Al sentir mi estreme­cimiento me acercaste más hacia ti. “Ven conmigo”, dijiste quedito, ofreciéndome tu mano.

Nos recostamos sobre la lana cruda de tu cama y me ta­paste con tu cuerpo. En esa danza de caricias, la ropa revo­loteaba hasta caer suave sobre la alfombra o sobre la misma cama. Los cuerpos desnudos se reconocieron. Nun­ca nadie me había recorrido de esa manera. Con las palmas de tus manos buscabas en mi piel mundos desde donde brotaban llamados que parecían dirigidos solamen­te a ti. “Aquí me gusta", decretabas deteniéndote en mi torso, en mis axilas, en mis ingles. Qué inmenso tu deseo de abarcarme toda con los labios, de sembrarme de besos cada hueco.

Con tu aliento, me entibiabas el cuello, la cara, el pelo. Enredadas en mis cabellos, tus manos parecían de viento. Desde mi gozo, sentía la fiereza de tus muslos, me embele­saba con tu canto. Tres veces naciste en mi cuerpo bañado por los reflejos de la tarde.

Después, mientras el sudor se nos apagaba junto con el sol, te confesé que los astros ya me lo habían anunciado. A ti también, el café, te prometió "un amor distinto, intenso, con una doble R."
“Me puse a revisar mi agenda, letra por letra”, contaste soltando una carcajada.

Lo que si no quise decirte fue que superaste lo imagina­do. Ni que, a ratos, prefería no pensar en ello.

“¡Qué raro, amar sin que duela”, reflexionaste una maña­na que desayunábamos sobre tu mesa de sándalo, con los libros de tu biblioteca a nuestro alrededor. "Sí, qué raro", admití.

Claro, enseguida surgió el miedo, ese que se va filtrando y se arraiga en el ser con cada muerte en cada relación amorosa. Una desconfianza que camina un par de pasos adelante de nosotros, moviéndose con vida propia. De pronto me encontré esperando que echaras a correr, que te asustaras igual que todos antes en mi historia, que te di­solvieras como esas imágenes en el cine. Aunque una voz dentro de mí repetía: "Alguien que me desviste amorosa­mente para vestir después mi desnudez con pensamientos morados y amarillos, húmedos aún por el agua que los contenía, no le teme al amor." Y, en efecto, no desaparecis­te, porque el nuestro es un encuentro de intensidades.

No importa cuántas veces repitamos las caricias, las pala­bras, los gestos. Lo que se siente es nuevo, como de prime­ra vez.

Son tantos los puentes que me llevan a ti...

Todo es claridad. Ni una sola sombra nos ronda. Amarte es como viajar a ese lugar intuido apenas en algún amante, pero que tanto anhelé en mis fantasías. Es llenarme la boca con tu nombre, salir en las noches de viento y gritarte para que me oigas en donde quiera que te encuentres: “¡Cuánto te amo, Elena, cuánto!”

Rosamaría Roffiel

miércoles, 8 de julio de 2009

Armario



Por fin llegó el día en que, al abrir un armario, le cayó el cadáver encima. Al parecer no se trataba de un fiambre humano, como en las novelas de misterio, sino de un montón de objetos olvidados que, de pronto, se derrumbaron y estuvieron a punto de aplastarle. Así comenzó para este hombre la revelación. En ese momento se dio cuenta de que vivía rodeado de cosas inútiles que no le interesaban absolutamente nada. Tenía montones de libros apilados en las sillas que nunca leería; cajas llenas de revistas, catálogos y recortes de periódicos bajo las camas, trajes apolillados en los arcones, que ya no se podía abrochar; zapatos viejos en las cajoneras, docenas de envases de medicinas caducadas; sobres de bancos, facturas, cartas y recibos; aparatos ortopédicos de algún antepasado muerto, la bicicleta estática que no usaba, trastos y cacharros por todas partes, antiguos regalos de boda y recuerdos de viajes. La sensación de estar rodeado de elementos estúpidos que coartaban su espacio y amenazan con ahogarle se convirtió en una psicosis angustiosa al transferirla igualmente a personas, ideas y fantasmas, que penetraban diariamente en su vida por todas las ventanas con la intención de estrangularle. Aquel día decidió hacer limpieza. Convencido de que nada hay más profundo que el vacío ni más bello que una pared blanca comenzó a regalar muebles, a vaciar armarios, a meter los cachivaches más insospechados en bolsas de basura y a tirarlo todo en el contenedor de la esquina. Fue un trabajo heroico que duró varias jornadas, en las que no se permitió ninguna duda, ninguna nostalgia. En la casa sólo quedaron una cama, una mesa, cuatro sillas, muy pocos libros, unos cubiertos y algunos platos, una botella de whisky, jabón y cepillo de dientes, sales de baño, cinco cuadros muy escogidos y el equipo de música, que ahora hacía sonar un concierto de Mozart para clarinete y orquesta cuyas notas reverberan con una nitidez extraordinaria por primera vez en un espacio desnudo. Al experimentar en su interior la poderosa carga que liberaba el vacío, mientras sonaba Mozart, se juró llevar esa ardua conquista también a su vida. En adelante ningún odio ni resentimiento ensuciarían su cerebro, no dejaría que ningún idiota le robara un segundo de su tiempo, ninguna comida basura entraría en su cuerpo como tampoco ninguna noticia estúpida alimentaría su espíritu. Era consciente de que sólo así, al abrir el armario, no le volvería a caer su propio cadáver encima.
Manuel Vicent

martes, 16 de junio de 2009

Éste es un amor que tuvo su origen


Éste es un amor que tuvo su origen
y en un principio no era sino un poco de miedo
y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.

Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un amor que huele a aire y a nardos
y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene remedio, ni salvación,
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.

Éste es un amor rodeado de jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero
y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel
y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe
por qué llega el amor y luego las manos
—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—
se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,
brilla como las perlas abandonadas
y sigue brillando aun cuando el beso, los besos,
los miles y millones de besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a todo lo que parece poesía —y es poesía.

Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:
vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos
y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos
y a lo ancho de los países
y las distancias eran como inmensos océanos
y tan breves como una sonrisa sin luz
y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia
y me sumergía en sus ojos en llamas
y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado
y entonces me olvidaba de mi nombre
y del maldito nombre de las cosas y de las flores
y quería gritar y gritarle al lado que la amaba
y que yo ya no tenía corazón para amarla
sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo
y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.
Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,
ese mal, esa peligrosa bondad,
ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe
y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,
hasta el alma y hasta los mustios labios.
Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,
ya lo saben las fotografías y las calles
y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías
ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos
y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma
y no llorar de amor.
Efraín Huerta