sábado, 8 de agosto de 2009

A la lavadora, ¡un monumento, por favor!



Mi jornada laboral en la oficina ha terminado. Llego a casa buscando algo de comer y, una vez saciada mi hambre, lo único que deseo es recostarme en el sillón y entregarme a los brazos de Morfeo, sin embargo, algo en mi inconciente me dice que debo subir a la azotea, en este momento veo a nuestro gato, le gusta ver la ciudad desde ahí o tomarse una siesta sobre la pequeña barda que la rodea. Quisiera hacer lo mismo.

Un ¿Mamá también subo mi uniforme de hoy? me vuelve a la realidad; es hora de lavar la ropa. Veo mi lavadora y pienso en lo afortunada que soy porque aunque hay ropa que forzosamente tengo que tallar a mano (calzones, calcetines o las camisas de los uniformes y una que otra prenda delicada o con una mancha difícil) la lavadora me facilita el trabajo.

Meto las prendas blancas, programo el ciclo de lavado, agrego el detergente y bajo a lavar los trastes, mientras, imagino a las mujeres del siglo XVI, las que no tenían servidumbre por supuesto, lavando sus pesados ajuares con agua caliente y jabón, golpeándolos con palas de madera para quitar la mugre. La mente me envía imágenes de grandes tinajas de madera humeantes y mujeres sudorosas, quizás he visto muchas películas o ¿habré sido en otra vida una lavandera?, eso justificaría mi eterno dolor de espalda.

Ahora, subo de nuevo a la azotea y aparto la ropa de color en oscura y colores diversos. Encuentro un lápiz en el bolsillo de un pantalón escolar que me hace recordar al alemán Jacob Schäffern, que además de profesor, religioso y micólogo, fue un gran inventor ya que, según leí, en 1767 construyó el primer prototipo de lavadora, pero como suele pasar a menudo, un gandalla gringo llamado Nathaniel Briggs consiguió la primera patente en los Estados Unidos, claro, 29 años después.

A mi lavadora, que es blanca, la llamo "güera", con cariño, porque no sólo es mi aliada sino una extensión de mis manos cuando del ropaje se trata. Mientras ella se hace cargo de la ropa oscura, tiendo la blanca.

Lo que me parece curioso es que se considera como su inventor al ingeniero norteamericano Alva Fisher, ¡a este hombre sí que lo haría parte del monumento a la lavadora!, ya que desarrolló la primera eléctrica y completamente automática, tan parecida a mi querida güera. Según www.wikipedia.org fue en el año 1901 cuando la inventó aunque la patentó hasta 1910, precisamente el año en que México se convulsionaba bajo una revolución en la que las mujeres no sólo seguían a sus hombres arriesgando la vida sino que les resolvían su precaria vida doméstica, ¿cómo?, pues guisando para ellos y lavando sus ropajes en los ríos que encontraban a su paso. Ya imagino a la Adelita medio encuerada a la orilla de un río lavando los pantalones, calzones y camisas olorosos a sudor, polvo y pólvora de su sargento. ¿Qué hubiera sido de esas valientes y enamoradas mujeres, si hubieran conocido la lavadora?

Ahora es el turno del resto de la ropa. Ni modo güera, a seguir trabajando. Veo girar el tambor y pienso que así es la vida, un remolino de vivencias, de las cuales sólo debemos dejar lo mejor, lo positivo. La risa de mis hijos me recuerda que por su seguridad debo cerrar la tapa.

Ese fue el motivo precisamente, la seguridad, por el que el mister Fisher, le acondicionó a su invento una puerta conocida como ojo de buey, por la forma -no piense que era dedicatoria-, que impedía el agua salpicara fuera del tambor evitando así un cortocircuito.

He tendido la ropa oscura, bajo a revisar tareas escolares en lo que termina el ciclo de lavado. Por cierto, no crea que después de la Revolución ya todas las mujeres mexicanas adquirieron una lavadora. Tuvieron que pasar como tres décadas para que algunas de ellas pudieran hacerlo. Primero necesitaban electricidad en su casa y después el dinero suficiente para comprarla. A mí me la obsequiaron y desde la primera lavada la amé.

Hace poco he enseñado a mi hijo mayor a usar la lavadora, es hora de que aprenda para ser más independiente. He pensado en ahorrar para comprarme (se aceptan donaciones) una lavadora “Tu turno”, espero que pronto la traigan de España que es donde ha nacido. Dicen, porque ni a la güera ni a mí nos consta, que esta maravilla no deja que la misma persona la use dos veces seguidas, ya que reza la publicidad: su sistema computarizado reconoce la huella dactilar del usuario para ponerla en marcha. Así que si los demás miembros de la familia quieren su ropita limpia tendrán que hacer un turno, lo que le dará tiempo libre a las mujeres. ¿Para qué? Quizá para que hagan la escaleta de su próxima novela o pongan al día la contabilidad de su empresa o simplemente para ver jugar a sus hijos.

Subiré a tender la última carga. Pienso que nunca mejor, como en este caso, ha estado empleada la palabra carga. El diccionario define que carga es una cosa que hace peso sobre otra. En mi caso, y en el de muchas otras mujeres, algunas labores domésticas hacen peso sobre nuestro estado emocional.

Debo confesar que considero una perdida de tiempo lavar y cocinar. Por eso sugiero un monumento a la lavadora y espero que algún día inventen una estufa que guise sola. Así tendré más tiempo para leer, escribir, borrar de mi inconciente estereotipos absurdos o simplemente soñar con un mundo mejor.

Leticia Bárcenas González

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